domingo, 24 de noviembre de 2013

Capítulo 8: Zombie

El teléfono sonó y sonó durante toda la mañana. Pero Lorenzo no lo respondió. Estaba muy ocupado cocinando, y si hay que pensar que la última vez que cocinó en una casa fue hace 24 años vale la pena dejar sonar el teléfono. Su vida fue bastante confusa en los últimos años, además de ser cada día lo mismo. Su último recuerdo de libertad fue cuando luego de una fiesta decidió entrar al cuarto de su mejor amigo de aquel momento Miguel Ángel para hacer las paces por una pelea que habían tenido esa misma mañana, lo recordaba como si hubiera sido ayer. Pero de ese cuarto jamás salió, ya que se encontró con el cadáver de Miguel y como si fuera poco lo arrestaron a él por acusación de Mirko.
Esos momentos de libertad le giraron en la cabeza hasta que a finales de los años 90 conoció a Cristian, el “Chiqui”, en la prisión y con quien descubriría un lado de sí mismo que no conocía. Tres años luego al “Chiqui” lo liberarían y a él le quedarían 13 años más, así que decidió contarle donde estaba la plata que mantenía guardada, confiando ciegamente en un convicto, para que construyera la mansión en la que ahora vivían los dos. Una historia de amor gay de esas que solo en las novelas parecen posibles y que para Lorenzo termina de la mejor manera. Pero es entonces que el “Chiqui” levanta el tubo del teléfono para encontrarse con la voz del gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Al escuchar temblar a alguien tan poderoso comparado con ellos hizo que se alarmara y dudara si lo volverían a meter preso, Lorenzo tardó unos segundo a contestar ese “Hola” dudoso. Pero tan solo unos segundos después de silencio el tubo del teléfono cayó al suelo y Lorenzo admiro entre lágrimas a su novio que no entendía absolutamente nada. “¿Qué pasó?” preguntó el Chiqui, “Ese hijo de mil puta está vivo, lo tuvieron secuestrado durante estos años, y la semana pasada lo soltaron… y estos otros hijos de puta del gobierno me van a dar un maldito cheque en blanco por daños hacía mi persona” <Típico del gobierno, querer arreglar las cosas con plata> pensó el Chiqui mientras escuchaba la voz de su pareja entre lágrimas llenas de dolor e ira. Sus vidas cambiarían, eso era más que seguro, pero no se podían ni imaginar cuánto.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Capítulo 7: Música de salvación

Abro la puerta del garaje al igual que todos los años para encontrarme con la misma imagen, nuestros instrumentos viejos. A mi lado Juan admira con nostalgia el garaje en donde todo comenzó, le da la mano a Yiyi y se la lleva a su boca para besarla, está conmovido, todos los años se conmueve al ver el garaje. A mi derecha mi madre también se queda sin decir nada ante la imagen de los objetos de su difunto hijo, su guitarra está posaba en el centro de la habitación, al lado del micrófono que usó tantos de aquellos jueves de ensayo para cantar. Con paso lento me acerco a aquel preciado objeto, lo acaricio con las manos y me imagino a mi hermano utilizándolo para cantar, con esa voz que lo había llevado al éxito.


Los archivos policiales fueron poco claros, sobre que fue bien lo que pasó. Una serie de llamadas de diferentes teléfonos celulares y otros públicos advertían de manera confusa y con variaciones el mismo hecho. Una furgoneta blanca de patente desconocida había lanzado en el medio de la avenida Nueve de Julio en Buenos Aires, a un hombre completamente desnudo, herido y con los ojos vendados. Un horror para todos lo que lo vieron ya que la confusión del momento fue muy grande. La inspectora Gutierrez admiraba la cantidad de papeleo que ya tenía el hecho sobre su escritorio, y eso que había ocurrido hace menos de una hora. Entre unos catorce llamados y declaraciones en el lugar tendría que comenzar a leer y pulir lo que realmente pasó, porque en este país a la gente le gusta mucho mentir y exagerar los hechos con imprecisiones que pueden terminar llevando el caso por un rumbo equivocado.


Tomo la guitarra y comienzo el arduo trabajo de afinarla, para que luego de una buena manchada de segundos comienzo a tocar, Juan me acompaña con la batería, Pedro, un chico de barrio que todos los años nos acompaña en este ritual, toca el bajo y así juntos comenzamos a formar una melodía única, al igual que cada año, una melodía distinta para recordar a Miguel en día de su muerte, para recordar su felicidad, para recordar aquellos años de éxito y sobre todo para rezar que esto que estamos viviendo sea tan solo un sueño, que al despertar tengamos 20 años y Miguel siga a nuestro lado. Para pedir que él siga con vida.


La inspectora entra en el cuarto blanco en donde el hombre tapado con una manta, sucio, herido y con una taza de mate cocido, que aún no toco, frente a sí mismo. Lo observa con cuidado, hace una hora y media que apareció en este mundo y no tienen ni la más pálida idea de quien se trate, buscaron en todo tipo de archivo habido y por haber de gente desaparecida en los últimos años pero nada. “Señor, lamento tener que hacerle estas preguntas, pero nos gustaría saber ¿quién es usted? Y ¿Qué fue lo que le ocurrió?” pregunta la inspectora sentada frente al hombre que tiembla solo al pensar. “¿Qué me pasó? Me encantaría poder decírselo, los últimos días de mi vida me la pasé en un galpón sucio y frio, conviviendo con mi proprio excremento y siendo violado por una manada de psicópatas” dice con los ojos entre lágrimas “No tiene ni idea lo que tuve que pasar porque gente como usted no lograban encontrarme, gente incompetente” se abalanza sobre la mesa para acercarse a la inspectora “¿Alguna vez le rompieron el culo inspectora? No ni idea del dolor que se siente, después te acostumbras, a todo, al olor a mierda, de tu propia mierda que recubre el piso, al frio en el invierno, a las violaciones, al dolor, a todo, pero le puedo asegurar que cada día de mi vida le pedía al señor que me matara, que me sacara de ese infierno asqueroso en el que me tocaba vivir, llegué a dudar si aún estaba con vida, a ellos nunca les vi las caras, usaban mascaras de chancho, así que aunque quisiera o podría ayudar a encontrarlos. Ahora dígame, ¿cómo me van a ayudar ustedes?”. 

La inspectora se le queda mirando, por primera vez en su vida se encuentra frente a un caso tan shockenate como el que tiene en frente, un hombre adulto, secuestrado desde hace meses posiblemente, siendo violado por personas con mascara de chancho, <hoy en día no se puede si salir a la calle> piensa la inspectora intentando darle un toque de humor a la cosa, pero sabe que es imposible, es demasiado fuerte a lo que se enfrenta. “Señor voy a necesitar que me de sus datos” dice mientras saca un iPad de entre medio de los papeles. El hombre observa la Tablet con desconfianza, “¿Qué es eso?” pregunta el hombre con temor al aparato que obviamente desconoce “¿Qué cosa?” pregunta sin comprender la inspectora “Eso que tiene en las manos ¿Van a matarme no? O ¿Ya estoy muerto? ¿Qué es eso? ¡¿Qué quieren de mí?!” grita el hombre que está prendido al pánico. La inspectora toma su iPhone y marca el número de su superior más directo “Señor, será mejor que venga, tengo algo que le va a interesar mucho” corta y luego se dirige al hombre malherido, “Señor, necesito que me diga su nombre”.


Mi nombre es Miguel, Miguel Ángel Posta”




Capítulo 6: La mirada desesperada

La imagen de Carolina se refleja en el espejo del auto, ve su pelo ondulado decaído y mal arreglado posarse sobre sus hombros, su ropa color beige perfectamente combinada por ella misma y su anillo de casada, un anillo que lleva desde hace más de 20 años.

Aquellos viejos momento de música, risas y excesos variados en su vida quedaron totalmente en el olvido, y aunque la repase todos los días no logra encontrar en que momento la desesperación entró a su vida. Debe de haber sido cuando Miguel Ángel murió, o cuando se acostó con Mirko por primera vez, y permitió que su semen invada todo su cuerpo, o cuando semanas luego le mintió y le dijo que estaba embarazada de él, cuando en realidad se trataba de un embarazo anterior con Miguel, o puede que la desesperación haya ingresado en su mundo en el mismo momento que dijo “Sí quiero”. No lo sabe, pero lo que sí sabe es que cada vez que sentía ese sentimiento lo cambiaba inmediatamente por otro. Porque no hubo solo desesperación, Carolina logró terminar la universidad y encontrar un trabajo estable, se podría decir que siguió con su vida abandonando los pensamientos de aquel pasado desesperado.

El vehículo se detiene en un semáforo, Carolina se asoma por la ventanilla para respirar aire, ve el estacionamiento de un supermercado, y en el medio una familia de clase media baja saliendo del local con un enorme colchón dos plazas. Lo llevan hacia su auto,  un vehículo de segunda mano, viejo y con la pintura a medio salir, atan el colchón en el techo con cinta, mientras la pequeña de la familia festeja llena de felicidad, la misma felicidad que se ve en los ojos de sus padres, que atan el colchón con alegría entre risas, a ellos no les importa que su auto sea viejo, que su ropa sea fea y posiblemente tampoco que la enorme cantidad de colores que llevan no estén combinados de ninguna manera, son felices y punto, la alegría que se ve en sus caras, esa alegría sincera, esa alegría Carolina sabe que jamás la tendrá, porque su alegría murió hace años, y sabe que podría haberla recuperado, pero prefirió taparlas por mentiras y secretos que posiblemente jamás revelará.

Pero ya nada de todo aquello importaba, porque Carolina se estaba yendo, se iba  a ir dentro de unas horas lo más lejos posible, Colombia solo ida, y no tenía miedo de dejar a toda su familia, y es más tenía pensado dejarle una carta a su esposo diciendo que nunca o quiso, pero ahora que está mirando a esa familia sabe que esa felicidad también está en los ojos de Mirko cuando la mira, y no podría ser tan cruel de blanquear algo que los dos sabían que estaba entre líneas. El semáforo se pone en verde, el acelerador se aprieta y el auto arranca, ella no sabe si en Colombia encontrará la felicidad, pero lo que si sabes que se alejará de la desesperación.