El teléfono sonó y sonó durante toda la mañana. Pero
Lorenzo no lo respondió. Estaba muy ocupado cocinando, y si hay que pensar que
la última vez que cocinó en una casa fue hace 24 años vale la pena dejar sonar
el teléfono. Su vida fue bastante confusa en los últimos años, además de ser
cada día lo mismo. Su último recuerdo de libertad fue cuando luego de una
fiesta decidió entrar al cuarto de su mejor amigo de aquel momento Miguel Ángel
para hacer las paces por una pelea que habían tenido esa misma mañana, lo
recordaba como si hubiera sido ayer. Pero de ese cuarto jamás salió, ya que se
encontró con el cadáver de Miguel y como si fuera poco lo arrestaron a él por
acusación de Mirko.
Esos momentos de libertad le giraron en la cabeza hasta que
a finales de los años 90 conoció a Cristian, el “Chiqui”, en la prisión y con
quien descubriría un lado de sí mismo que no conocía. Tres años luego al
“Chiqui” lo liberarían y a él le quedarían 13 años más, así que decidió
contarle donde estaba la plata que mantenía guardada, confiando ciegamente en
un convicto, para que construyera la mansión en la que ahora vivían los dos.
Una historia de amor gay de esas que solo en las novelas parecen posibles y que
para Lorenzo termina de la mejor manera. Pero es entonces que el “Chiqui”
levanta el tubo del teléfono para encontrarse con la voz del gobernador de la
provincia de Buenos Aires.
Al escuchar temblar a alguien tan poderoso comparado con
ellos hizo que se alarmara y dudara si lo volverían a meter preso, Lorenzo
tardó unos segundo a contestar ese “Hola”
dudoso. Pero tan solo unos segundos después de silencio el tubo del teléfono
cayó al suelo y Lorenzo admiro entre lágrimas a su novio que no entendía
absolutamente nada. “¿Qué pasó?”
preguntó el Chiqui, “Ese hijo de mil puta
está vivo, lo tuvieron secuestrado durante estos años, y la semana pasada lo
soltaron… y estos otros hijos de puta del gobierno me van a dar un maldito
cheque en blanco por daños hacía mi persona” <Típico del gobierno,
querer arreglar las cosas con plata> pensó el Chiqui mientras escuchaba la
voz de su pareja entre lágrimas llenas de dolor e ira. Sus vidas cambiarían,
eso era más que seguro, pero no se podían ni imaginar cuánto.
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