miércoles, 13 de noviembre de 2013

Capítulo 7: Música de salvación

Abro la puerta del garaje al igual que todos los años para encontrarme con la misma imagen, nuestros instrumentos viejos. A mi lado Juan admira con nostalgia el garaje en donde todo comenzó, le da la mano a Yiyi y se la lleva a su boca para besarla, está conmovido, todos los años se conmueve al ver el garaje. A mi derecha mi madre también se queda sin decir nada ante la imagen de los objetos de su difunto hijo, su guitarra está posaba en el centro de la habitación, al lado del micrófono que usó tantos de aquellos jueves de ensayo para cantar. Con paso lento me acerco a aquel preciado objeto, lo acaricio con las manos y me imagino a mi hermano utilizándolo para cantar, con esa voz que lo había llevado al éxito.


Los archivos policiales fueron poco claros, sobre que fue bien lo que pasó. Una serie de llamadas de diferentes teléfonos celulares y otros públicos advertían de manera confusa y con variaciones el mismo hecho. Una furgoneta blanca de patente desconocida había lanzado en el medio de la avenida Nueve de Julio en Buenos Aires, a un hombre completamente desnudo, herido y con los ojos vendados. Un horror para todos lo que lo vieron ya que la confusión del momento fue muy grande. La inspectora Gutierrez admiraba la cantidad de papeleo que ya tenía el hecho sobre su escritorio, y eso que había ocurrido hace menos de una hora. Entre unos catorce llamados y declaraciones en el lugar tendría que comenzar a leer y pulir lo que realmente pasó, porque en este país a la gente le gusta mucho mentir y exagerar los hechos con imprecisiones que pueden terminar llevando el caso por un rumbo equivocado.


Tomo la guitarra y comienzo el arduo trabajo de afinarla, para que luego de una buena manchada de segundos comienzo a tocar, Juan me acompaña con la batería, Pedro, un chico de barrio que todos los años nos acompaña en este ritual, toca el bajo y así juntos comenzamos a formar una melodía única, al igual que cada año, una melodía distinta para recordar a Miguel en día de su muerte, para recordar su felicidad, para recordar aquellos años de éxito y sobre todo para rezar que esto que estamos viviendo sea tan solo un sueño, que al despertar tengamos 20 años y Miguel siga a nuestro lado. Para pedir que él siga con vida.


La inspectora entra en el cuarto blanco en donde el hombre tapado con una manta, sucio, herido y con una taza de mate cocido, que aún no toco, frente a sí mismo. Lo observa con cuidado, hace una hora y media que apareció en este mundo y no tienen ni la más pálida idea de quien se trate, buscaron en todo tipo de archivo habido y por haber de gente desaparecida en los últimos años pero nada. “Señor, lamento tener que hacerle estas preguntas, pero nos gustaría saber ¿quién es usted? Y ¿Qué fue lo que le ocurrió?” pregunta la inspectora sentada frente al hombre que tiembla solo al pensar. “¿Qué me pasó? Me encantaría poder decírselo, los últimos días de mi vida me la pasé en un galpón sucio y frio, conviviendo con mi proprio excremento y siendo violado por una manada de psicópatas” dice con los ojos entre lágrimas “No tiene ni idea lo que tuve que pasar porque gente como usted no lograban encontrarme, gente incompetente” se abalanza sobre la mesa para acercarse a la inspectora “¿Alguna vez le rompieron el culo inspectora? No ni idea del dolor que se siente, después te acostumbras, a todo, al olor a mierda, de tu propia mierda que recubre el piso, al frio en el invierno, a las violaciones, al dolor, a todo, pero le puedo asegurar que cada día de mi vida le pedía al señor que me matara, que me sacara de ese infierno asqueroso en el que me tocaba vivir, llegué a dudar si aún estaba con vida, a ellos nunca les vi las caras, usaban mascaras de chancho, así que aunque quisiera o podría ayudar a encontrarlos. Ahora dígame, ¿cómo me van a ayudar ustedes?”. 

La inspectora se le queda mirando, por primera vez en su vida se encuentra frente a un caso tan shockenate como el que tiene en frente, un hombre adulto, secuestrado desde hace meses posiblemente, siendo violado por personas con mascara de chancho, <hoy en día no se puede si salir a la calle> piensa la inspectora intentando darle un toque de humor a la cosa, pero sabe que es imposible, es demasiado fuerte a lo que se enfrenta. “Señor voy a necesitar que me de sus datos” dice mientras saca un iPad de entre medio de los papeles. El hombre observa la Tablet con desconfianza, “¿Qué es eso?” pregunta el hombre con temor al aparato que obviamente desconoce “¿Qué cosa?” pregunta sin comprender la inspectora “Eso que tiene en las manos ¿Van a matarme no? O ¿Ya estoy muerto? ¿Qué es eso? ¡¿Qué quieren de mí?!” grita el hombre que está prendido al pánico. La inspectora toma su iPhone y marca el número de su superior más directo “Señor, será mejor que venga, tengo algo que le va a interesar mucho” corta y luego se dirige al hombre malherido, “Señor, necesito que me diga su nombre”.


Mi nombre es Miguel, Miguel Ángel Posta”




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