Las luces, los aplausos, los gritos, las miradas, fue difícil
acostumbrarse a todo aquello, pero lo habíamos logrado, estábamos en la cima,
para serte totalmente sincero me cuesta entender todavía como empezó todo.
Mis últimos que
recuerdos de mortal son estar ensayando en el garaje de casa como lo hacíamos todos
los jueves, los mismos de siempre, Miguel Ángel, nuestro cantante y mi hermano
mayor, un hombre admirable, y ni hablar que hace sobre las mujeres…
Juan, el baterista, siempre le gustó la buena vida, el
alcohol y el sexo eran sus mejores amigos, “Los excesos me llaman” solía decir,
tenía un amor imposible por una chica del barrio, la más hermosa según él, pero
no lo era, Yiyi era solamente la chica con mejores curvas, la más hermosa era
Carol.
Carol, la recuerdo en aquella época y se me pone la piel de
gallina, tan bella, joven y sonriente, con su melena rubia cayendo sobre sus
hombros y su voz angelical, era la corista del grupo, todos la queríamos, y es inútil
aclarar que desde siempre le tengo un cariño especial, pero ella no sentía lo
mismo, estaba muy ocupada estando detrás de mi hermano mayor, Miguel Ángel
también la tenía hipnotizada a ella.
Pero si hay que hablar de un dios en la banda, ese no era
Miguel Ángel, era Lorenzo, tocaba la guitarra, era un mago con los dedos,
lograba componer todo tipo de melodía sin desafinar ni una sola nota, era uno
de esos músicos que nacen con el talento.
Y por último estaba yo, Mirko, el bajista, yo era consiente que estaba en esa banda porque no habían conseguido a otro, y porque mi madre lo había obligado a mi hermano a que esté. Pero al final encontré mi lugar con los demás, y los jueves se convirtieron en algo casi sagrado en aquella casi vacía.
En ese momento no éramos nadie, éramos mortales, simples,
nadie nos conocía más allá de alguna que otra fiesta de 15 o casamiento, pero
entonces ocurrió, ese jueves, ese último jueves que pasamos ensayando Lorenzo
llegó tarde, y con su atraso llegaron noticias, nos habían llamado, querían probarnos
en una discográfica, y ese fue mi último recuerdo como mortal, porque lo que
vino después no se compara con nada de lo anterior.
Conciertos, fiestas, presentaciones, discos, famosos,
hoteles, ciudades, aviones, luces, aplausos, autógrafos, gritos, mujeres, y
sobre toda las cosas, dinero, todo el dinero del mundo en nuestras manos. Todos
nosotros encontramos lo que siempre soñamos, Miguel se compró la moto que
siempre quiso, y se encargó de que Carol tenga las mejores joyas, y aunque me
pese también se encargó de meterle los cuernos de manera monumental. Juan consiguió
todo el alcohol y sexo del mundo, y ante todas las cosas a su amada Yiyi.
Lorenzo logró viajar a Estados Unidos y comprarse la guitarra con la que soñaba
día y noche en su vida de mortal, y yo, o logré mi sueño más añorado, lograr
que la hipoteca con la que mi padre nos dejó sea saldada y mi madre pueda vivir
una vida sin presiones.
Todo era perfecto, bueno lo había sido hasta hace exactamente
15 segundos, que fue el tiempo que tarde en recorrer el pasillo del hotel hasta
nuestro cuarto, intentar abrir la puerta con más de 2 botellas de champagne en
sangre y encontrarme con la imagen más horrenda de toda mi vida. Mi hermano, Miguel
Ángel, el cantante y estrella número uno de la banda, yacía muerto en el suelo,
degollado.
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